martes, 3 de febrero de 2009

HOY ME TOCA A MÍ… Palabras de Julia. Sobre “Lo que uno espera…”

Como bien lo dice el título de esta especie de sección, hoy me toca a mí. He decido escribir el primer martes de cada mes, sin personajes intermediarios. Amo a Noelis y a Lucas, pero a través de ellos no puedo hablar de ciertas cosas ni puedo expresarme con total libertad, puesto que cada uno tiene un lenguaje determinado y expresiones que marcan la personalidad de uno u otro. Por ejemplo, a ninguno le queda muy bonito andar diciendo una puteada detrás de la otra (como lo haría yo en momentos críticos). Con cada texto, cada aparición, fueron “creciendo” y fueron desarrollando una forma de pensar y ver las cosas, que hoy determina sus posibilidades y limitaciones expresivas; se adueñaron de una manera de hablar y de reflexionar que llegó a identificarlos y a diferenciarlos de otros personajes, incluyéndome a mi. Este desafío, el de ponerme en la piel de un adolescente o de una mujer de 60 años, cada uno con características particulares, me ha dado la posibilidad de jugar a ser otra persona; no obstante, es una tarea inventiva bastante cansadora y me trae al cuerpo, la necesidad de volver a ser yo en algunas ocasiones. En consecuencia, aquí me tienen, hablando desde mí, lisa y llanamente (no solo mis personajes ansían catarsis). Dicho esto, hoy tengo ganas de hablar sobre lo que uno espera… de la vida, de la gente, de los afectos, de las relaciones, del tiempo, de uno mismo. Debo aclarar que no tengo un buen día y existen grandes posibilidades de que ráfagas de escepticismo azoten estas palabras.
Lo que uno espera (léase: expectativas, proyecciones, deseos, etc.), rara vez se mide en función de los hechos o de las personas que tenemos enfrente. Siempre que uno espera algo, lo difícil no es esperar, sino ver las cosas como son realmente. No al pedo existe el dicho “NO LE PIDAS PERAS AL OLMO”, pero no es fácil entender que al olmo hay que pedirle lo que el olmo puede dar, porque a veces, lo que el olmo da no es lo que necesitamos o esperamos de él. La cuestión empeora, cuando esperamos que el olmo haga lo que nosotros haríamos frente a una situación puntual y ese es un error que cometemos a menudo: juzgamos a los demás a partir de lo que somos y no de lo que son ellos verdaderamente. Es complicado ver a los otros como son y más complejo es todo, cuando idealizamos a alguien y le quitamos el carácter de ser humano, cuando lo pensamos de una manera y al final, resulta ser otra cosa. Ahí es cuando aparece la desilusión… y como la remontamos???? Yo no lo sé, si lo supiera tendría el 80 por ciento de mi vida resuelta. Supongo que la mano viene por el lado de la humanización (léase: atribuirle a las personas el derecho de equivocarse, pues, “ERRAR ES HUMANO PERDONAR ES DIVINO”). Esto de esperar, no solo se aplica a las personas, sino también a los hechos. ¿A quién no se le frustró algún plan alguna vez? ¿Quién no se dio la cabeza contra la pared de la realidad? A mí, últimamente me pasa bastante seguido. Y la primera reacción que tengo es la de preguntarme qué mierda hice mal, si tenía todo fríamente calculado o al menos eso fue lo que yo creía. Error de nuevo, que viene de la mano del exceso de ilusión, deseo o como quieran llamarlo. En el afán de cumplir un sueño, uno se olvida de que en realidad está soñando, no solo el resultado final sino el escenario completo, y cuando nuestros piecitos pisan tierra firme, cagamos: vemos las limitaciones de lo real, nos despertamos despavoridos, le echamos la culpa a la vida que nos ha tocado vivir y lloramos desesperados, cual un nene al que le roban el chupetín. Con esto no digo que los soñadores somos todos unos pelotudos, porque sin sueños estamos fritos, sin sueños no hay lugar a donde ir o a donde llegar. Lo que quiero decir, es que, ya que tenemos la posibilidad de soñar despiertos, aprovechemos la ocasión y pispiemos un poquito el panorama antes de tirarnos de cabeza a la pileta de las pretensiones y los proyectos, para no rompernos la cabeza, para no ahogarnos en las aguas del fracaso. Conclusión: ejercitemos la visión, agudicemos la percepción y démosle a cada cosa el valor que tiene y a cada persona la posibilidad de ser lo que es, ni más ni menos. Nos vemos el martes 3 de marzo…

Julia.

martes, 27 de enero de 2009

Palabras de Noelis. Sobre “Suscribo a…”

A lo largo de nuestras vidas, en algún momento, seguramente nos hemos topado con la necesidad de utilizar enunciados tales como: “adhiero a…”, “estoy de acuerdo con…”, “apoyo la moción de…”, frente a alguna opinión ajena que compartimos. Yo prefiero utilizar el término “suscribo a…”, porque creo que hay con el resto de las expresiones de esta magnitud, una marcada diferencia. Comencé a hacer uso de este término porque para mí, “suscribir”, es como hacerse socio de algo, como pactar un acuerdo, como anotarse en una lista para formar parte de una entidad. Me da la sensación de que así, uno se compromete mucho más con los juicios de los demás que nos resultan atinados. Debo confesar, que el origen de dicha expresión no es mío, sino de una gran amiga a la que suelo (confieso nuevamente) robarle ciertas frases muy ocurrentes. En fin, ya explicado ésto, me veo en la obligación de decir que hoy “suscribí” a algo que hizo mi hija mientras disfrutábamos de un día de pileta. Después de almorzar todos juntos, como de costumbre, decidimos pasar la tarde en el club, porque el calor nos estaba fritando las pocas neuronas que quedaban funcionando. Armamos el equipo de mate, pusimos en el bolso un par de toallas y el bronceador y partimos hacia allá, ella, mi nieto de 8 años y yo. Llegamos, nos ubicamos en la única mesa que quedaba libre (al rayo del sol, por desgracia) y desesperadas por un chapuzón nos fuimos ciegas a la pileta. Una súper población de niños había copado las instalaciones, por lo que nos quedamos en un rinconcito soportando los salpicones de los mocosos, que tomando gran carrera se arrojaban al agua como bolsas de papas. En eso, de bien que estábamos charlando, la veo a mi hija que se levanta como una tormenta eléctrica diciendo: “No puede ser, mira el bañero… la pileta llena de críos tirándose y él, dale que va con los mensajitos de texto… yo me voy a quejar”. Y allí fue, llevada por el demonio, a hablar con la que cobra la entrada. “Oiga, señorita”, la gordita se sacó los auriculares y la miró desorientada, “¿Sí?”, le dijo. “Mire al bañero”, siguió indignada mi hija. La gordita se dio vuelta, “¿Qué tiene?”, le dijo despreocupada. “¿Cómo que tiene? ¿No ve que está más preocupado por el celular que por cuidar la pileta?”. La gordita la miró más despreocupada y le dijo, “¿Y?”. “¿Y?” le respondió mi hija más enojada aún, “¿Le parece normal que alguien que tiene la obligación de cuidar a todos estos pibes esté pelotudeando con el celular? ¿Me quiere decir como hace para estar atento a las dos cosas en simultáneo? Mire, mire... ahora lo llamaron, está hablando por teléfono y encima mira para otro lado… ¿Tendría la amabilidad de decirle que haga bien su trabajo?”. Hecho el reclamo, mi hija volvió a mi lado y la gordita fue a hablar con el bañero. Desde donde estábamos, la conversación que ellos mantenían parecía ésta:
- Mira, Pepito, ¿ves aquella chica de malla a lunares? No mires ahora, hacete el boludo y disimulá. Dice que estás déle que va con el celular.
- ¿Cuál? ¿Dónde?
- Allá, en la esquina de la pileta. No mires, se va a dar cuenta. Es una histérica, escondé el celular hasta que se vaya, así no jode más.
- Pero si no hice nada. ¿Qué tiene de malo hablar por celular?
-Nada. Pepito, nada. Dice que se te va a ahogar algún chico. ¿Podés creer? Es una exagerada.
- De una, loco, si yo puedo caminar y mordisquear… chupar… ¿Cómo era el dicho del chicle?
- Masticar chicle y caminar, Pepito.
- Ah, ja, si, si, eso… ho ho ho.
La cuestión es que el muy turro, dejó el celular hasta que le volvieron a hablar. El reto duró menos que un suspiro. Con mis hijas nos fuimos pensando en no volver. Hay momentos y momentos para hacer las cosas. Cuando uno tiene una responsabilidad tan grande, el menor descuido puede ser trágico y si la suerte no está de nuestro lado, las cosas se pueden poner feas. Así que, suscribo a poner en vereda a los pavotes que pavean (valga la redundancia) con el celular mientras están haciendo algo importante (léase importante: cuidar chicos en una pileta, manejar un vehículo en la vía pública o dictar una clase); suscribo a la gente que se queja de esas personas; suscribo a los que hacen algo para mejorar la situación; suscribo a mi hija que no se calla nada; suscribo a los que hacen valer sus derechos; suscribo a los que hacen las cosas como las deben hacer; suscribo a los cautelosos; a los responsables; a los que ven más allá de sus narices y a los que se preocupan por los demás; y suscribo a los que suscriben, porque significa que te han escuchado y que quieren hacer de este mundo un lugar mejor… he dicho.

P/D: Ah!!! Y suscribo a Lucas y al día Titanic… quien no ha tenido uno… o varios?

martes, 20 de enero de 2009

Palabras de Lucas. Sobre “El Titanic”.

Hoy a sido un “día Titanic” y encima lupeado… Se me hundió el barco, pero no una, sino 33.459 veces: a la mañana, temprano (muuuuuuuuuuuy temprano), mis viejos me mandaron a pagar impuestos al banco, había una cola de 15.502 personas y para colmo, estaba roto el aire acondicionado (frito en la frente, me chorreaban las gotas, axilas húmedas y delatoras, zapatillas con medias); llegué al final de la fila y pregunté si esta era la cola para pagar impuestos, con la esperanza de que me dijeran: “no, nene, esta es la cola de jubilados… tenés que pagar en aquella caja que está vacía”, pero obviamente, estaba en el lugar correcto… estaba destinado a perder toda la mañana en ese antro. La cuestión es que esperé y esperé, avanzando a paso de tortuga, hasta que por fin me tocó a mí. El cajero, cansado a esa altura, empezó a pasar mis boletas y en la segunda hizo una exclamación verbal muy poco amigable: ¡la p… madre que lo re mil p…! El banco entero se había quedado sin sistema. “Bueno”, pensé yo, “no será para tanto”, hasta que me dijo sin vaselina, después de que yo me había chupado 3 horas 41 minutos y 58 segundos en el recinto, que volviera mañana porque no iban a tener en todo el día. Podes creer?????? Me fui puteando en 4 idiomas, al cajero, al banco, al sistema, a los impuestos y a mis viejos. Así empezó mi día y siguió con una catarata de eventos desafortunados: pisé bosta, me cagó una paloma y encima una vieja me dijo que eso era “buen augurio” (menos mal que era bueno, porque no me quiero imaginar que hubiese pasado de no haberlo sido); al mediodía me fui a un asado en el río con el curso, me fui estrenando malla (una adidas, blanca que me regaló mi abuela para navidad), ni bien llegué me tiré al agua y cuando salí, vi que me miraban y se reían… Adivinen!!! La malla se translucía toda y me quedó el canario a flor de piel como si no tuviera puesto naaaaaaaaada!!!!! Me pasé la tarde cagado de calor y envuelto en una toalla del osito Pooh. Me volví a mi casa, en bici, pedaleando contra el viento (ráfagas que deben haber superado los 82 Km. por hora), arribé a mi casa muerto, transpirado, con olor y deseando desorbitado una ducha de agua fría para refrescar, sobre todo, mis partes íntimas que venían casi prendidas fuego. Adivinen otra vez!!!! Mi hermana estaba encerrada en el baño, llorando y chillando que no iba a salir hasta que mi mamá dejara de gritarle. Mi vieja indignada diciéndole: “Pendeja de mierda!!!!! Te voy a dar yo!!! Salí, salí nomás y ya vas a ver!!! Faltaba más… la señorita se enojó porque no le compré una malla de 364 pesos!!! 364 pesos por 30 centímetros de tela!!!!!!!!!!! Dónde se ha visto semejante burrada???? 3 horas y media pateando el centro a pleno sol, 19 negocios, 12 mallas por local se midió y no le gustó ni una!!!!! Ella estaba encachilada con esa que vio en un catálogo en la casa de no se quien y que salía 364 pesos!!!! 364 pesos!!!!! Por Dios, 364 pesos!!!!!! Un cuarto de sueldo!!!!! 2 compras en el súper!!! 12 kilos de asado!!! La mitad del alquiler!!! 6 meses de gimnasio!!!! 3 temporadas de pileta!!!! Mira si voy a gastar 364 pesos en 30 centímetros de tela!!!!! Encima seguro que la compra y después no se la pone nunca porque le hace rollito acá, le ajusta allá, no le calza el corpiño… haceme el favor…” Y así siguieron gritando, mi hermana no salió del baño, mi mamá se empacó, se amotinó en la pieza y no hizo la comida. Ese fue mi día, si alguien del servicio climático hubiera tenido que describirlo, habría dicho: “Lluvias aisladas por la mañana, empeorando por la tarde. Alerta meteorológica por la noche”. Terminé acostado en mi cama, mirando el techo porque la tele no funciona desde anoche, sin comer, transpirado, sucio y con 2 bolsitas de hielo, una para calmar el ardor de allá abajo producido por la bici y otra para calmar el dolor de cabeza producido por el barco, que nunca dejó de hundirse.

martes, 13 de enero de 2009

Palabras de Noelis. Sobre “El año huevo”.


Los años nuevos son como los huevos, uno nunca va a saber lo que hay en ellos hasta abrirlos. Podemos hacer mil especulaciones en base a experiencias anteriores, pero la realidad es que hasta ese momento no sabemos nada. Estadísticamente, las probabilidades de éxito son las mismas que las de fracaso y dependiendo de lo que uno espere, la desilusión puede ser grande o pequeña si las cosas no salen según lo previsto. El instante que precede al rompimiento del huevo es determinante. Una mezcla de temor y expectativas ansiosas nos sacuden el cuerpo, todas las proyecciones de autoría propia se disputan el protagonismo de una sucesión de imágenes que dura segundos y que culmina en la cresta de la ola, con una fotografía del resultado ideal. Pero el tema es más complejo de lo que parece, sobre todo cuando rompemos el huevo y vemos finalmente lo que hay dentro. Puede que nos encontremos con un gran ejemplar, bello, grande y de formas perfectas (el estado ideal) o con un uno de apariencia dudosa que puede contener una o más de las siguientes variantes: olor raro y forma de cualquier cosa menos de huevo (casi podrido… o podrido del todo); un proyecto de pollito (alguno medio pasadito); doble yema (no sabemos si eso es bueno o malo); menos contenido del que aparentaba (poco rendidor, pero utilizable); mucha yema, poca clara (no muy saludable); mucha clara, poca yema (demasiado saludable); o con algún OVNI (objeto vinculado no inidentificable). Con los años pasa lo mismo, podemos romper la barrera de los primeros días y comenzar un tiempo inolvidablemente bueno, o en el caso contrario, encontrarnos con uno o varios episodios desagradables que seguramente darán paso a una tanda inolvidable también, pero de hechos desventurados, que en el futuro extirparíamos de nuestros registros memoriosos, si vendieran en Red Megatone algún aparatito que nos ayudara a hacerlo. El asunto es que, la historia no termina cuando, en el mejor de los casos, nos encontramos en presencia de un huevo con corazón de oro (valga la metáfora), el tema es el uso posterior y ahí es donde comienza el verdadero desafío. Soy de las que creen que cuando algo nació podrido, morirá podrido, y resultaría inútil malgastar energías en intentar cambiar algo que desde el vamos no ha sido bien gestado y como buena partidaria de la resignación, creo que en casos como esos, solo se puede aceptar la derrota y esperar el próximo huevo. Si nos encontramos en presencia de un ejemplar “salvable”, feito pero no tanto, probablemente sería meritorio de algún esfuerzo para que la situación no termine tan mal como empezó. No obstante, también soy de las que piensan que un buen huevo puede ser arruinado si uno no lo utiliza correctamente, y que el kit de la cuestión es mantener la bienaventuranza hasta el final. Supongamos que nos toca uno bueno, uno de esos que da gusto romper, la próxima acción consiste en decidir qué hacer con él. Lo más seguro y fácil, es colocarlo en un jarrito con agua y ponerlo sobre la hornalla a hervir unos minutos hasta que el contenido se endurezca y obtengamos de esta manera, un huevo duro que podrá ser ingerido en ensaladas, tartas, pizzas o solo con una pizca de sal, de este modo nos aseguramos un resultado mediocre, con un proceso poco trabajoso y no muy arriesgado, pero válido (no mucho por ganar, pero tampoco por perder). Hay quienes se animan un poco más y tienen como meta un huevo pasado por agua, que a mi criterio demanda una labor mucho más específica (no cualquiera hace un buen huevo pasado por agua), mucho más atendida (un pequeño olvido podría ser fatal, el resultado sería el endurecimiento total y habríamos fallado una vez más) y por ende, mucho más comprometida con las artes culinarias; si todo sale tal cual lo planeado, obtendremos un producto óptimo que hará suponer un trabajo hecho con esmero, tenacidad y paciencia. Por último, haré mención de los que a mi criterio son los más arriesgados, esos que gustan de los grandes desafíos con grandes obstáculos, aquellos que no se asustan a la hora de accionar y que van en la búsqueda de lo que quieren con firmeza y templanza, esos que deciden transformar un huevo crudo en huevo frito. Decididos a actuar, investigan las mil y un formas de fracasar para evitar hacerlo, las mil y un formas de lograr una victoria para llegar a buen puerto, miden capacidades y limitaciones, se preparan (física y mentalmente), hacen pruebas piloto en sus cabezas, evalúan cada posibilidad, cada factor, consiguen todos los elementos que necesitan y lo hacen, nada debería salir mal, a menos que el azar (incontrolable hasta hoy) les jugara una mala pasada, dejando como resultado un huevo que pretendió ser frito y murió en el intento (seguramente, este tipo de personas volverán a intentarlo sin abatimientos, pues el fracaso no los detiene, los estimula). En fin, para ir terminando, solo resta preguntarnos de qué lado estamos o de cuál queremos estar, qué esperamos de nuestro huevo y qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo, si nos conformamos con remar en dulce de leche o si vamos por más, porque si bien un huevo duro tiene buen gusto, uno frito sabe mejor.

martes, 6 de enero de 2009

Palabras de Lucas. Sobre “El año nuevo”.

A 6 días del nuevo año, de pronto, todo ha vuelto a su ritmo natural. El vértigo de los últimos días ha parado para darle paso a un nuevo vértigo, el de los primeros días que traen consigo las expectativas y ansiedades propias de todos los comienzos impregnados por lo desconocido. ¿Qué pasará este año? ¿Será como el que pasó? Preguntas como esas son inevitables cuando un ciclo se cierra y otro está empezando. El problema de hacerse estas preguntas, es que la respuesta no existe en ningún otro lugar, más que en el paso del tiempo, por lo que resulta bastante improductivo detenerse más de un día en este tipo de reflexiones, así que, ha vivir se ha dicho y veremos el resto sobre la marcha. Lo cierto es, que el pasado, es lo único sobre lo que podemos pensar concretamente y en esta oportunidad yo quiero hablar sobre el pasado inmediato, es decir, sobre las últimas cosas que me pasaron sobre el final del año que se fue. La noche del 31, se armó un fiestón bárbaro en la quinta de mis tíos, éramos un montón, vinieron parientes de Córdoba, Buenos Aires, Gral. Deheza y Dalmacio Vélez (hacía varios años que no nos juntábamos tantos), preparamos todo en el patio, la noche estaba especial para un asado al aire libre, los hombres nos dedicamos a la comida y las mujeres a la decoración y a los postres. Llegamos temprano, mis primos y yo fuimos los encargados de comprar toda la bebida, así que cuando volvimos del súper nos metimos a la pileta y arrancamos con picada y cerveza como para hacer una buena previa. Mi mamá estaba re contenta (por suerte), me parece que le hizo bien lo que le dije de disfrutar un poco más de las cosas y de la gente que todavía estaba en este mundo. Todos estábamos predispuestos a pasar un gran fin de año, cualquiera hubiera sido el balance del 2008, bueno o malo se estaba yendo y nosotros lo íbamos a despedir con bombos, platillos y excesos. Como era de esperarse, comimos hasta que nos salieron chinchulines por los ojos y bebimos al ritmo de cuchillos y tenedores. Yo no estoy acostumbrado a tomar tanto, por lo que traté de no excederme, además mi mamá, cada vez que yo me servía un vaso de vino, me miraba como se mira a quien asalta a un jubilado, me quedé piola y llegué al brindis de las doce, fresco como una lechuga. Después de agotar todas las provisiones de pirotecnia y mientras mi abuela se quejaba por los cuetes tirados debajo de la mesa, uno de mis primos armó un karaoke y el otro sacó el fernet con coca, meta canto y fernandito se hicieron las tres de la mañana y los mayores comenzaron a bostezar, lo cual indicaba que la fiesta estaba llegando a su fin. Nosotros nos miramos instantáneamente y con movimientos de cabeza, sin decir una palabra, acordamos seguir la bienvenida del 2009 en cualquier lugar que tuviera música y escotes pronunciados. Anunciamos nuestra partida, no así nuestro regreso, mi mamá se encargo de hacer las advertencias propias de la situación (“no llegues tarde, no tomes tanto y abrigate si refresca”), a las cuales yo respondí con afirmaciones premeditadas, nos tomamos un remis y desaparecimos cual un par de ninjas, sobre el humo del último petardo que quedaba en la bolsa. Llegamos al boliche, empezamos a saludar gente y seguimos brindando a la salud de todos, brindamos por la vida, por los amigos, por los primos, por las cañitas voladoras, por el barman, por la profe de lengua (que está re buena), por Los Simpson, por el bluetooth, por el rock, por la tapa rosca, por el FIFA 08, por las vacaciones, por el Alikal y de nuevo por los amigos y la vida y todo lo demás… ni hace falta que les diga como terminamos la jornada, no? A las 10:47 de la mañana estábamos tirando la moneda para ver quien iba a explicar el estado de nuestra llegada a mi mamá y a mis tías, que seguro estaban tomando mate en la puerta de entrada, mirando el reloj y queriendo llamar a la CAP por si nos había pasado algo. Yo pasé derecho al baño con varias urgencias y mis primos detrás mio, tiramos la moneda al vicio porque ninguno pudo coordinar más de tres palabras seguidas, los días que siguieron fueron casi letales y mi cena de hoy, fue un triste arroz pegoteado con un leve, pero tenaz sabor a resaca.

martes, 23 de diciembre de 2008

Palabras de Noelis. Sobre “El hombre navideño”.

Me quedé pensando después de leer las palabras de este chiquito sobre “el espíritu navideño” y debo decir, una vez más, que estoy en desacuerdo. No es fácil ahuyentar la tristeza cuando se ve, que con el pasar del tiempo las faltas son numerosas. Los años no vienen solos y una de las cosas que traen consigo son las ausencias, y se imaginaran que con sesenta años vividos el saldo es negativo: no es un lugar en la mesa el que uno llora, sino varios. Cuando se es joven, insisto con la edad, la liviandad de ciertos juicios es normal y propia de la falta de experiencia, propia de no haber vivido aun ciertas situaciones que a uno le sacuden el alma de una u otra forma. Yo también me pongo triste cuando se acercan estas fiestas y, equivocada o no, no puedo evitar contar los platos que pongo de menos con cada año que pasa. Además, me pongo de muy mal humor, porque la gente potencia algunos de sus peores rasgos por estas fechas, andan todos como locos queriendo hacer en un mes lo que no hicieron en un año, por ese tema del balance anual en torno a la productividad que hemos sido capaces (o no) de sostener en estos 365 días que están por terminar para darle lugar a un nuevo conteo. Los comerciantes se vuelven tiranos y en pos de incrementar las ventas abren sus negocios de lunes a lunes, desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche, se olvidan de que sus empleados también tiene una vida más allá del trabajo, se pelean entre ellos por ver quien tiene las mejores ofertas y llegan, el 24 a la noche, con ganas de poner los pies en una palangana con agua y sin ánimos de escuchar a nadie, y todo por qué? Por vender en un mes lo que no vendieron durante el año… No será mucho? Los que compran, esperan hasta último momento para salir a ver los “regalitos de navidad”, pareciera que les gustara andar como vacas chocándose por la calle, se disputan la atención de los empleados como si estuvieran en una subasta, ponen mala cara ante las demoras propias de la situación, tratan mal a todo el mundo y encima piden descuento. Los empleados, cansados de repetir siempre lo mismo con una sonrisa obligada, transitan las últimas horas del día con las luces apagadas y la cortesía reducida ante los indecisos que llegan a la hora del cierre, cuando la puerta ya está cerrada con llave y haciendo caso omiso, preguntan: “¿Está cerrado?”.
A mi me parece, que hay muchas más cosas que replantearse en tiempos de fiesta. La gente llora las ausencias, pero también las presencias ingratas que ha tenido que soportar. No es muy coherente cantar “…noche de paz, noche de amor…”, cuando durante el día nos hemos sacado los ojos con cuanta persona ha obstaculizado nuestro camino o ha demorado nuestro tránsito, no es normal cuando hemos tenido ganas de pasarle con el auto por encima a una viejita que no terminaba de cruzar la calle cuando el semáforo ya había dado luz verde, no es normal cuando uno camina de la mano con sus nietos y los regaña y tironea porque no aceleran el paso. Quizás sería bueno hacer una parada en la reflexión (que mucha falta nos hace), sincerarnos con nosotros mismos y pensar qué es lo que estamos festejando y cuál es el verdadero significado de todo esto, para que de una buena vez podamos sentarnos juntos a la mesa y sin discordias, los seres humanos y el espíritu navideño.

martes, 9 de diciembre de 2008

Palabras de Lucas. Sobre “El espíritu navideño”.

Ayer me di cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, pero de eso voy a hablar después, antes voy a disculparme con la señora que se sintió identificada con lo que escribí la otra vuelta, porque mi intención no fue hacerle mal a nadie, solamente quise contar lo que me había pasado y lo que pensé en ese momento. Esta señora, Noelis (que la verdad, no sé si es la señora sobre la que escribí) estuvo bien en decirme que hablé de más, porque en realidad (como dijo ella), no conozco tanto a esta persona; pero no lo hice porque soy un adolescente (como también dijo ella), sino de arrebatado nomás, y de cansado, porque me cruzo cada vez más seguido con personas que en lugar de contarme algo lindo, protestan por la vida que llevan… en fin, pido disculpas si la hice sentir mal. Una cosa más voy a decir y arranco con lo otro: ¿No le parece Noelis, que usted hizo lo mismo con el discurso que escribió sobre mí y los adolescentes en general? ¿No cree que también habló de más? Porque se refirió a nosotros como si fuéramos fabricados en serie y la verdad es que somos personas como usted, diferentes los unos de los otros, así que la próxima vez, tampoco usted hable con tanta certeza de aquellos que no conoce o al menos, no predique con la palabra lo que no hace con la acción… eso nomás quería decir.
Ahora si, retomo lo del principio… decía que ayer me di cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, cuando empecé a ver arbolitos de navidad por todos lados. De nuevo estamos en diciembre, a punto de terminar otro año y a mi me parece que fue ayer, cuando en la navidad pasada me regalaron la patineta que todavía no aprendí a usar bien… ¿Qué loco, no? ¿Será el tiempo que pasa cada vez más rápido o yo, que cada vez estoy más lento? No sé, el asunto es que mi papá y mi mamá, ya están discutiendo de nuevo con quien pasar las fiestas. Eso pasa todos los años y siempre termina igual: la Navidad con mi familia materna y el año nuevo con mi familia paterna, no sé para que desatan las batallas que desatan si al final hacemos lo mismo cada año, supongo que forma parte de la tradición, del festejo. La cuestión, es que mi mamá se empieza a poner triste desde temprano, porque dice que no le gustan las fiestas, que se acuerda de los que ya no están y todo eso. Las noche del 24 y del 31 (pero más la del 24, no se por qué), cuando hacemos el brindis y nos saludamos, ella nos abraza llorando, nos da los regalos llorando, toma la sidra llorando, corta el pan dulce llorando, nos da un pedacito a cada uno y el resto se lo come todo ella diciendo que tiene angustia oral. Yo entiendo que cuando falta en la mesa una persona a la que uno ha querido mucho, la nostalgia viene si o si en algún momento, pero me parece que tampoco es para andar desparramando tristeza a diestra y a siniestra, porque la idea es festejar algo… o no? De otra forma, en vez de decir que nos juntamos a festejar la navidad, digamos que nos juntamos a llorar la navidad y por lo menos estamos todos avisados. Mi abuelo hace cuatro navidades que no está y yo me acuerdo de él siempre, pero más me acuerdo los domingos de asado, las tardes que lo iba a ver jugar a las bochas, las mañanas que me acompañaba a la escuela y todos los días que voy a la casa y no lo veo sentado en su sillón mirando el noticiero, tendría que llorar como mi mamá los 365 días del año… me parece que no pasa por ahí la cosa, pero es lo que yo pienso. Me parece que sería bueno, en lugar de ponernos tristes por los que no están, ponernos contentos por los que si estamos, agradecer los lugares de la mesa que todavía están ocupados y que son mayoría, y acordarnos de los que se fueron con la alegría que nos dejaron, repitiendo sus chistes, sus anécdotas, las historias repetidas año tras año con finales colectivos, el esfuerzo que hacían por no quedarse dormidos antes de las doce y todo lo que en esos momentos nos hizo llorar, pero de la risa… para recordar como ellos lo hacían y para no olvidar lo lindo que fue tenerlos sentados en la mesa.

martes, 2 de diciembre de 2008

Palabras de Noelis (con “s” no con “a”). Sobre “Los jóvenes que hablan de más”.

La semana pasada, hojeando el diario tuve una sensación extraña, me parece que alguien escribió acerca de mí. Leyendo las noticias, me llamó la atención el título de una pequeña columna que decía: “Palabras de Lucas. Sobre la gente que se queja”. Digo que me pareció que hablaba de mi, no porque me haya sentido identificada con el tema, sino porque la situación que se contaba tenía como protagonista a una señora que se llamaba igual que yo, se dedicaba a lo mismo, hablaba como yo hablo y tenía una empleada con el mismo nombre. La verdad eso no me importa mucho… bueno, en realidad si, pero prefiero hablar de otra cosa. No se quien será este chiquito, pero me pareció un poco arriesgado que hablara de esa mujer con tanta soltura, sobre todo si el trato que tiene con ella es esporádico. Supongo que tanto atrevimiento es producto de la edad que aparenta tener, los adolescentes tienden a enjuiciar a los mayores, porque a esa edad no se tienen problemas ni responsabilidades, lo único que piensan es en que harán el fin de semana o que se pondrán para ir a una fiesta o, si les salió un granito, como harán para ocultarlo de sus pares. Ni siquiera la escuela les preocupa, pues a principios de marzo el desfile de cabelleras despeinadas y aritos en la nariz es interminable en las aulas de examen. Me pareció totalmente imprudente su esbozo y una falta de respeto, muy propio de los tiempos que corren, hoy los chicos son dueños de decir lo que les venga en ganas, si algo no les gusta, ahí van a quejarse con bombos y platillos en nombre de la libertad de expresión. En nuestra época estaba todo más ordenado, más controlado, si yo a los dieciséis me hubiera quejado de algo, el castigo más pequeño hubiera sido una cachetada bien puesta. Los padres de hoy dan demasiada rienda suelta a los chicos y después no saben como hacer para contener los desbordes, pero se ve que eso esta de moda. Para ir al grano, si la memoria no me falla (es lo primero que empieza a andar mal con la venida de los años), este chiquito se refirió a la manera de vivir de esta pobre señora: “que se quejaba mucho, que no hacía nada por cambiar, que no sabía vivir”… y yo me pregunto, ¿qué tanto sabrá este niño de la vida teniendo tan corta edad? Habría que verlo dentro de unos años, cuando tenga que trabajar en algo que no le gusta porque no le queda otra opción, o cuando su mujer ya no sea la novia ideal, cuando sus hijos no lo escuchen, cuando la plata no le alcance o cuando tenga 25 kilos más de los que tiene ahora, postrado en un sillón, mirando tele, cansado de andar y sin ganas de asomar la nariz a la calle… Ahí lo quiero ver al pibe, ahí quiero ver si no se queja o si tiene fuerzas para cambiar lo que no le gusta. No es tan fácil cuando se está ahogado en la miseria de la rutina, desde afuera todo parece una pavada pero cuando le toca a uno es otra cosa, a los sesenta la vida tiene otro color, el rosa de los quince deviene a un negro temerario, el cuerpo ya no responde como antes, la cabeza tampoco, los días pasan sin pena ni gloria y cuando uno mira para atrás el balance da negativo desde cualquier perspectiva, y lo único que se puede hacer es añorar aquellos años felices contados con los dedos de media mano. Si yo tuviera veinte años sería distinta la cuestión, quién pudiera volver el tiempo atrás para hacer las cosas de otra manera, para no caer en los errores que lo trajeron a este estado, pero la realidad es otra y ya está, lo bueno es que no soy la única y me consuelo pensando que esta es la ley de la vida, que así tiene que ser, que es lo que me ha tocado vivir y en contra de los designios del destino no hay nada que hacer. Así que mocito, si acepta el consejo de una persona con experiencia, deje de soñar, cuide sus palabras y dedíquese a vivir sus últimos años de gracia. Cuando tenga mi edad lo va a entender, aceptará resignado que tuve razón y yo, si Dios quiere, voy a estar en otra vida mejor que ésta, mirándolo desde arriba, saboreando mi victoria.

martes, 25 de noviembre de 2008

Palabras de Lucas. Sobre “La gente que se queja”.

Hoy tuve hora libre, porque la profe de Física se enfermó. Mis compañeros de curso se fueron al quiosquito de enfrente, pero yo me quedé en la escuela para ir a la cantina. A la mañana la atiende Natalia, una chica que me gusta desde segundo año, nunca me dio bola, supongo que por la diferencia de edad, tiene cinco años más que yo, cuatro y diez meses para ser más específicos. Hace dos meses, sin embargo, me dijo que me veía cambiado, más adulto, eso me dio esperanza, así que empecé a ir más seguido a charlar con ella, cada vez que tenía oportunidad me hacía una escapadita. Ese día, para mi sorpresa, estaba atendiendo la dueña, la señora Noelis (con “s”, no con “a”, se enoja con los que le dicen Noelia). Es una mujer bastante malhumorada, igual le pregunté por Natalia, me dijo que esa mañana no se sentía bien y que por eso había faltado, yo le conté que mi profesora de Física también estaba enferma y ahí se desencadenó todo. “¿Y cómo no van a estar enfermas?”, me dijo enojada, “si el clima en esta época parece manejado por el diablo. Uno sale temprano y hace frío, cerca del mediodía el calor parte la tierra y hay que desabrigarse, a la nochecita vuelve a refrescar, ahí te agarra desprevenido y listo, en cama una semana sin poder hacer nada. Encima las chicas de hoy, ven un rayito de sol y ahí nomás se destapan, un desfile de musculosas y polleras cortas parece la calle, es como si llamaran a la desgracia. Todo es culpa de la televisión, puro culos y tetas todo el día, nada bueno para ver, si no es sexo es violencia, nada es como antes… Dios mío, a que hemos llegado. Mi hija está todo el día con esos programas de chimentos, y a mí no me queda otra que sentarme a mirar, porque si digo algo se arma la podrida. Mi marido, que en paz descanse, era igual. Siempre mirando esas mujeres medio desnudas con cara de baboso, y delante de mis narices, hasta cuando íbamos en el auto, no había pantalón ajustado al que no le quisiera clavar los dientes. El creía que yo no me daba cuenta, pero si eh, me daba mucha cuenta, pero no decía nada, total iba a seguir mirando, por eso se debe haber muerto joven, por un castigo de Dios.” Y así, siguió quejándose, del dolor de los huesos, de los médicos, de los perros que le destrozaban el jardín, de los gatos que hacían pis en su patio, de los dueños que no mantenían a sus mascotas dentro de la casa, del carnicero que le vendía carne en mal estado, de los remedios que ya no eran como antes, de sus hijos que no la escuchaban, de sus amigas que ya no iban a visitarla, de sus kilos de más, de su soledad, de su tristeza, de sus nostalgias… de toda su vida. Cuando ya me estaba por explotar la cabeza, sonó el timbre del recreo, aproveché para irme y la saludé de lejos. Pero llegando al aula tuve el impulso de volver, de preguntarle algo, no podía ser que una persona dentro de todo joven, viviera quejándose de todo, no podía entenderlo, llegué al mostrador y le dije preocupado: “Señora Noelis, si tanto mal le hacen sus dolores, su tristeza, sus kilos de más… ¿Por qué no va al médico? o haga dieta, salga a caminar, diviértase… trate de cambiar las cosas que le molestan”. Asintió con la cabeza y me miró irónica, “Como si fuera tan fácil nene, vos porque sos joven, pero yo estoy vieja y cansada. Me quedo así, porque no hay nada que hacer”. La miré, no dije más nada y me fui pensando. Cada cual elige, en la medida de lo posible como quiere vivir, a mi me parece que uno debe aprender a ir por el camino de las cosas que le hacen bien, y que todos sabemos, algunos más otros menos, cuales son esas cosas y cuales no, distinto es que no sepamos o no queramos verlas. Si uno aprende a “convivir” con todo eso, se queja y no hace nada para cambiar, quizás la situación no es tan grave, quizás el mal no sea tan grande y por supuesto, lo más cómodo sería quedarnos así, quietos, esperando que la situación empeore para decidirnos finalmente a actuar… o no. Si alguna vez, esto me pasa a mi, ojalá me de cuenta a tiempo, para que no sea demasiado tarde, para no ver la vida desde un costado del camino.